EL CINISMO Y LA LIBERTAD

Con una claridad envidiable, el filósofo español Fernando Savater publicó en la madrugada de este domingo una reflexión nacida de su disgusto por la realidad de su país, pero en todo aplicable al nuestro.

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Savater sostiene que no conviene confundir a un mentiroso con un cínico. El mentiroso quiere colar algo falso por verdadero, pero no niega el valor de lo verdadero. El cínico ni siquiera pretende reconocer el valor de la verdad. Engaña con desparpajo; le da lo mismo ser descubierto. Su identidad es la jactancia en la mentira, el desprecio por la verdad.

Una abrumadora mayoría en la sociedad argentina castigó el domingo al gobierno por su cinismo. Castigó a Sergio Massa por regodearse en la mentira de mostrarse como bandera de cambio para superar una crisis económica que él agravó como ministro. Castigó a Alberto Fernández por haber abandonado sus responsabilidades como Presidente. Castigó a Cristina Kirchner por desentenderse del artefacto político que inventó para regresar al poder, como si no fuese todavía la segunda autoridad constitucional del país.

Acaso ese engaño hubiese alcanzado la oportunidad de una sobrevida si no fuese porque la sociedad acudió a votar agobiada por un desbarajuste económico superlativo y un tejido social lacerado por índices de pobreza comparables a los de principios de siglo, cuando el derrumbe de la convertibilidad.

Javier Milei logró captar toda la ira y la frustración condensada por esa declinación acelerada de la vida material. Enhebró un camino veloz desde sus apariciones televisivas como un panelista iracundo, dado con frecuencia al insulto y la violencia verbal, hasta la conformación de una fuerza política inorgánica y en ocasiones bizarra. Pero supo captar un significante vacío que estaba abandonado a la vera del camino, entre los discursos barrocos, cargados de corrección política, que el kirchnerismo impuso como lengua dominante. Ese significante vacío del cual se apropió Milei fue la idea de libertad.

Su primer abordaje a ese capital simbólico fue a la salida de un período ominoso que está en el subsuelo del proceso que concluyó en el balotaje de este domingo. Ese momento fue el de la cuarentena eterna, que con la excusa de la pandemia mostró a un gobierno avasallante sobre los derechos individuales, injusto y en ocasiones inhumano frente al sufrimiento y las restricciones que imponía a la población.

Visto en perspectiva, era más que obvio que el valor de la libertad emergería como una novedad ineludible tras la cuarentena. Milei cabalgó en esa idea para llegar al Congreso, pero le dio un giro adecuado al concepto, para conectarlo con la aceleración de la crisis económica y el recuerdo de la obstrucción del peronismo a la gestión de Mauricio Macri.

La libertad pasó a significar especialmente la libertad económica del individuo frente al Estado. Mientras el gobierno ensayaba las excusas de siempre sobre el “Estado presente”, la confiscación inflacionaria era la presencia del Estado más evidente.

En este giro, Milei encontró una veta de crecimiento regalada por la que era entonces la principal coalición opositora. Juntos por el Cambio hablaba menos de las libertades ocluidas que de las internas abiertas. En esa fisura, se montó una operación de laboratorio del oficialismo que intentó con éxito la división del principal frente opositor. Milei se prestó al experimento. Sergio Massa se ufanaba de esa invención hasta anoche, cuando lo devoró su criatura.

Es igualmente cierto que, una vez puesto en la carrera final del balotaje, Milei se arriesgó a la autonomía audaz del siamés emancipado. Cerró con Mauricio Macri y Patricia Bullrich un pacto exitoso en lo electoral; incierto como coalición de gobierno. Propusieron una nueva polarización: entre los que impulsaban reformas con niveles frágiles de gobernabilidad y quienes garantizaban una gobernabilidad conocida, tan hábil como facciosa, pero negándose a hacer reformas.

Con Milei se abren interrogantes y se ratifican certezas. Dio muestras de pragmatismo y vocación de poder; se desconoce por completo su capacidad de gestión. Dio muestras de perspicacia para enfrentar al sistema político que calificó como casta; se ignora bastante de su flexibilidad para articular con los limitantes sistémicos. Esos límites que no disuelven los más de 14 millones de votos que acumuló: la carencia de potencia parlamentaria y territorial propia.

En esa escena, se proyectan dos liderazgos opuestos que todavía preservan capacidad; de obstrucción o construcción.

Cristina Kirchner (que se prepara para exponer en Nápoles sus ideas sobre la “insatisfacción democrática”, ante la mirada ávida de aprendizaje de la camorra italiana) retuvo un poder residual en la provincia de Buenos Aires y el Congreso. Poder que depende de la fidelidad incierta de Axel Kicillof y del debate de liderazgos que se reabre en el peronismo.

Mauricio Macri apostó un pleno y se transformó en una pieza clave para la gobernabilidad de un equipo como el de Milei: maximalista en lo ideológico, inestable en lo propositivo, desprovisto de experiencia en la gestión, expuesto al temperamento de quien conquistó -casi en términos personales- la bandera siempre impaciente del voto castigo.

Cualquiera que relea los dos últimos párrafos pensará que hubo un momento en que Argentina decía haber abandonado esa antigua grieta.

Como las enrevesadas conductas del cinismo, como la siempre fogosa promesa histórica de la libertad; la polarización de la sociedad argentina parece cambiar de piel tantas veces como sea necesario.

Para sobrevivir después, mil veces más.

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