HOLLYWOOD DESENCADENADO: CINE QUEER EN EL MALBA

En el inicio, el cine industrial en Estados Unidos se hacía sin represiones impuestas, sin que un ojo moralista institucionalizado juzgara las relaciones, la sexualidad y los temas de las películas. Existía sí una negociación de los contenidos con leyes vigentes, pero no un estricto control de los guiones antes incluso de que pudiesen producirse. Eso sucedió, más o menos, hasta mediados de 1934, cuando se impuso un código de producción que era una forma flagrante de censura al cine de Hollywood, conocido como el Código Hays, que prohibía la homosexualidad, entre otras muchas formas de ser y estar en las pantallas. Desde el cine sonoro de fines de la década del 20, durante un lustro las películas pudieron esquivar la censura con algunas películas que se volvieron, queriendo y sin querer, una forma de crítica a Hollywood a través de cineastas e intérpretes que desafiaron la castidad que el Código Hays les impondría luego. Estos son cuatro de los paraísos sin la censura del código.

Musicales de otro planeta

Marlene Dietrich voló desde los cabarets berlineses como un ángel azul caído en Hollywood. Allí, siguiendo con la complicidad del cineasta Josef Von Sternberg, siguió aterrorizando al mundo con su erotismo de armas blancas con miradas filosas y piernas como dagas. En los 30, la Dietrich se convirtió en la vamp bisexual que el barroco vicioso de Sternberg creó y recreó en una saga de películas de estudios que amagaban con hacer sonar el drama musical con erotismo desviado. La Venus rubia es el cuarto largo del dúo en Hollywood y, por supuesto, incluye otro de los shows musicales drag donde Marlene con galera y frac flirtea en escena con una bailarina con look de odalisca. Que Cary Grant sea uno de sus pretendientes hace que la película sea más queer. Pero lo que definitivamente es insuperable en su cualidad mutante es la transformación de un gorila en Marlene Dietrich con un afro rubio para interpretar la canción Hot Voodoo con traje de brillo, piel y perlas XXL. Una animalada que compite y gana en extravagancia con cualquier secuencia musical obscena de Mae West que se hizo en esa época. Si a la protagonista el título la llama "Venus" es porque su extraña seducción aterrizó desde otro planeta.

La Venus rubia (Blonde Venus, EE.UU., 1932) c/Marlene Dietrich, Herbert Marshall, Cary Grant, Dickie Moore, Gene Morgan, Rita La Roy, Sidney Toler. 93’. Jueves 11, a las 23.

Besos andróginos

"El andrógino es ciertamente una de las mejores imágenes de la sensibilidad camp", escribió Susan Sontag, y ponía como ejemplo "la acuciante languidez andrógina que yace tras la perfecta belleza de Greta Garbo". La reina Cristina que interpreta Greta Garbo en esta película tal vez sea su máxima creación andrógina, la forma de entronizar su estética actoral que desatiende las convenciones genéricas para ganar terreno en la ambigüedad de sus aventuras biográficas y cinematográficas. 

Un drama de época de Hollywood ambientado en Suecia, tierra natal de Garbo, sirve como mascarada para el teatro epiceno. La película genera un contraste desde el vestuario de austeridad viril y sin adornos de los trajes de Garbo y los ropajes de los protagonistas masculinos con sombreros de plumas, pieles y volados en sus vestimentas. El proyecto fue desarrollado por Salka Viertel, guionista lesbiana y feminista, que colaboró en otras cuatro películas con Garbo, y es responsable de la relación afectiva con explícitos tintes lésbicos entre la reina Cristina y su asistente Ebba, que incluye la escena célebre de un beso en la boca entre ambas. Amigas íntimas, Viertel fue además la responsable de presentarle a Garbo a la poeta Mercedes de Acosta, quien mantuvo relaciones lésbicas abiertamente con otras estrellas del Hollywood Dorado.

La reina Cristina (Queen Christina, EE.UU., 1933), dirigida por Rouben Mamoulian, con Greta Garbo, John Gilbert, Ian Keith, Lewis Stone, C. Aubrey Smith. 97’. Viernes 12, a las 18 horas.

Chongos paradisíacos

Luego de tres películas en Hollywood, el cineasta F. W. Murnau hizo una alianza con el canadiense Robert Flaherty para filmar en los Mares del Sur. Modelando una historia que empezó Flaherty, la película dirigida por Murnau tuvo el sugestivo título de Tabú y fue protagonizada casi únicamente por nativos tahitianos de las islas Bora Bora, al sur del Océano Pacífico. La primera parte de la película se llama Paraíso y comienza con una secuencia de seis pescadores jóvenes con cuerpos torneados cubiertos solo por taparrabos que dejan bastante al descubierto las nalgas, casi en plan colaless. 

Luego el grupo se baña en un río: todos llevan coronas de hojas pero uno se calza una corona de flores femenina que trae la corriente. El homoerotismo de la mirada de Murnau es más notorio cuando las mujeres de la película aparecen en general más cubiertas que los hombres. Una semana antes del estreno de esta película, Murnau murió en un accidente automovilístico a causa, según la mala lengua de Kenneth Anger en Hollywood Babilonia, por estar teniendo sexo con el joven que manejaba. Su obra póstuma no tiene diálogos pero los cuerpos de cada intérprete dicen más que mil palabras.

Tabú (EE.UU., 1931), dirigida por Friedrich W. Murnau. 82’. Domingo 14, a las 20.

Glam estrellado

La primera secuencia da cuenta del glam de Hollywood sin censura: al hojear una revista de estrellas de cine, una mujer se calza unas medias en sus piernas desnudas, se encorseta en un vestido, barniza sus labios con rouge en primer plano y, finalmente, sustituye el rostro de Greta Garbo en una foto de la revista. La película de George Cukor narra el ascenso a diosa de Hollywood de una moza de bar comienza sintetizando en una secuencia la construcción de esa ficción astronómica llamada Estrella de cine, muy a la manera de Manuel Puig. 

La siguiente secuencia en el bar mítico de la bohemia hollywoodense, que incluye lesbianas, y un cineasta borracho, con un sentido del humor incómodo, poco o nada interesado en las mujeres, que lo interpreta Lowell Sherman, un poco basado en su propia figura y en la de otro actor, John Barrimore. Aunque se podría pensar que también es un alter ego de Cukor, por su sentido del humor y porque también era fiestero: son célebres las orgías gay que organizaba en su pileta. Lo cierto que esta película es la base sin filtro de Nace una estrella, una película que tuvo muchas versiones, la segunda de ellas en 1954, dirigida también por Cukor, se convirtió en un clásico camp, principalmente gracias al protagónico de Judy Garland, la niña que cantó sobre el arcoiris.

El precio de la fama (What Price Hollywood?, EE.UU., 1932), dirigida por George Cukor, con Constance Bennett, Lowell Sherman, Neil Hamilton, Gregory Ratoff, Brooks Benedict. 88’.  Viernes 19, a las 18.

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